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Suspendido

En la suspensión, la mirada sobra. Lejos del suelo y abrazado a la tela como si fuese mi lazarillo, aprendo a mirar con la piel de mis palmas y el pulso entero de mi cuerpo. Flotando en el aire, nunca existe el extravío. Suspendido en el aire, la vista pierde su imperio. Agarrado a la tela, mi cuerpo entero se vuelve ojo: con la certeza de ver a través de las manos. Elevado así, encuentro todos los caminos. Suspendido, me vuelvo leve: la fuerza se reduce a un susurro. Me muevo desde una trama invisible, una red interna en la que el equilibrio no se fuerza, sino que simplemente fluye. Para mí, Dios habita en el cuerpo; es una presencia total que late en el músculo, recorre las venas  y se asoma en la mirada, en la elevación sutil de una ceja, en cada cabello, en cada célula. Dios es el aliento de todo cuanto vive bajo ese manto sagrado y unificador que llamamos tejido conectivo, que llamamos fascia.  Al detonar esa red secreta, el movimiento deja de pertenecer a los músculos ai...

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